Yo tenía 13 años cuando veraneaba en un pueblo de Lugo. Yo era el típico niño rarillo tenia gafas, aparato, estaba flaquito y ojos azules.
Siempre iba a un pub que había en mi pueblo. Un día estaba en aquel pub, a unos metros de un grupo de amigos, pero en aquel grupo había una chica que tenía una pierna escayolada, cuando sonaba la música todos sus amigos se levantaban a bailar y ella se quedaba sola, entonces pensé que no le venía mal un poco de compañía, pero no me atrevía a acercarme, pero lo hice, lo hice de manera como cuando tienes que dar un salto muy alto: una, dos y tres. Yo le daba conversación para que no se sintiera sola, e iba a su casa a verla. Ella vivía en el pueblo, era muy guapa, yo, los primeros días notaba como si quisiera evitarme, como que le daba vergüenza ir conmigo por la calle, pese a que era el único que me ofrecía a acompañarla, pero poco a poco fue cogiendo más confianza, aquel camino era largo y ella aún no se defendía bien con las muletas.
Cada vez que le acompañaba, de camino, no sabía dónde mirar ni qué decir. El tercer y el cuarto día ya hablábamos más y nos reíamos, había más confianza. Ella y yo ya éramos verdaderos amigos. Pero había algo que me atemorizaba, yo sabía que aquella escayola no iba a durar toda la vida. Un día le dije algo que me salió solo:
—Mañana ya no querrás que yo te acompañe. Si lo hicieras, ya no ten-drías más remedio que casarte conmigo, y a mí aún tienen que quitarme el aparato y tú tienes que recuperarte. Pero si algún día cuando seas mayor vuelves a romperte una pierna, llámame, ¿vale?
Así acabo “El verano más feliz de mi vida”.